Hay soledad que hechiza, que atrapa, que enreda... que te lleva. Que te embulle cual remolino y que nos hace girar y hasta perder el sentido. Luego de la resaca, te das cuenta que en el fondo no era el lobo tan malo como lo pintan. Y es que hay soledades del alma, soledades que curan, y soledades que asustan. Es esta última; la que muchos temen y que no quieren ni mencionar. En algunos "círculos sociales" hasta resultaría incómodo pronunciarla. Pues sí, es ella. Hace un momento charlando con un querido amigo, me comentaba que: "Pascal decía que el gran problema del ser humano era su incapacidad de quedarse solo y tranquilo en una habitación".
¿De donde nace ese miedo a encontrarnos con nosotros mismos? De conocernos, de darnos esa oportunidad. Es verdad que el hombre es un ser social, no se trata de aislarnos y meternos en una gruta. Se trata de conocernos, querernos, y no tener miedo a compartir momentos a solas, que pueden llegar a ser liberadores y en algunos casos beneficiosos para el equilibrio de nuestra salud mental y física. Poner en orden ideas y pensamientos, lo que queremos, lo que no queremos, hacía donde vamos y hacía donde no queremos ir.
Relaciones que no terminan por ese miedo a: ¿Qué va ser de mi?, no voy a soportar estár solo. ¿Qué es lo que no vas a soportar? Date la oportunidad de presentarte, de amarte y valorarte. Libertad y felicidad ambas están dentro de ti. La libertad es la esencia misma de nuestro ser, todo aquello que impida esa libertad debe ser evitado. El "estar solos", muchas veces es relativo. ¿Cuantas veces nos hemos sentido solos estando acompañados?
Y como decía Espronceda: "En un mundo atiborrado de distracciones es difícil encontrar personas con clara razón". Si buscas seguridad antes que felicidad, la segunda será el precio que tendrás que pagar por la primera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario